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La Leyenda: La firma funciona, es hora de construir el legado.

  • Foto del escritor:  Eduardo Paiz Consultor de Firmas de Abogados
    Eduardo Paiz Consultor de Firmas de Abogados
  • hace 10 minutos
  • 5 Min. de lectura


Hay socios que llegan a un punto en el que ya no se puede entender del todo su valor viendo únicamente su práctica, su facturación del año o la cantidad de asuntos que siguen ejecutando personalmente. No porque hayan dejado de ser relevantes dentro de la firma, sino porque su influencia llegó a otras esferas.


La Leyenda aparece cuando el socio ya construyó una práctica sólida, ya formó equipos, ya ayudó a institucionalizar relaciones y ya dejó la administración y operación diaria en manos capaces, entonces empieza a dedicar una parte importante de su energía a algo más grande: moldear la forma en que se mueve su área de práctica en el mercado, influir en las conversaciones que afectan a su sector y colocar a su firma en esferas de visibilidad, prestigio e influencia a las que muy pocos llegan, para muchos esto no pasa de forma deliberada, es algo que venían tratando de hacer, simplemente ahora parece que si los escuchan y además… liberaron el tiempo para dedicarse más a ello.


El clic hacia esta etapa no se da cuando deja de importarles la firma ni cuando se cansan del trabajo interno. Se da cuando ya tienen una organización que funciona suficientemente bien hacia adentro y empiezan a preguntarse cómo llevarla a otro nivel hacia afuera. Es el momento en el que dejan de pensar solamente en que la operación esté ordenada, en que los equipos respondan bien, en que los clientes reciban una buena experiencia, y empiezan a ver algo más ambicioso: cómo hacer que su nombre y el de su firma pesen más en su industria, en su jurisdicción, en su región o incluso a nivel internacional. Aquí el socio ya entiende que la firma necesita seguir operando con excelencia, pero también necesita ser visible en los lugares correctos, ser escuchada en las conversaciones correctas y estar presente cuando se discuten los temas que terminan definiendo el rumbo de los mercados en los que participa.


Por eso la Leyenda no es solo un abogado con muchos años encima, ni una figura simbólica a la que se le guarda respeto por trayectoria. Eso es quedarse demasiado corto. Una Leyenda real es alguien que influye en cómo se hacen las cosas en su mercado. Es una persona cuya opinión pesa en su área de práctica más allá de su firma. Es alguien a quien los jueces buscan para escuchar una perspectiva, a quien los legisladores o reguladores quieren oír cuando se discuten cambios relevantes, a quien los grupos industriales, cámaras o asociaciones quieren cerca de sus juntas directivas, a quien los clientes quieren escuchar en conferencias no solo porque sabe, sino porque su criterio tiene peso. Son abogados que ya no solo operan dentro del mercado: ayudan a moldearlo.


La Leyenda no es un abogado retirado en vida ni una figura decorativa que solo sigue ganando porque la fórmula de compensación todavía le reconoce una originación histórica. Esa lectura es una de las más injustas y, además, de las más peligrosas para una firma. Estos perfiles muchas veces siguen trayendo los asuntos más importantes, siguen teniendo las relaciones más valiosas y siguen siendo la base relacional de la organización. Puede que no hayan tocado un solo documento de un cliente en años, pero ese cliente llegó a la firma por ellos, se quedó por ellos y sigue sintiendo que una parte importante del valor de esa organización pasa por la tranquilidad de saber que ellos están ahí. Su aportación no está en revisar un borrador ni en corregir una cláusula; está en lo que representa su presencia, en el acceso que generan, en la confianza que provocan, en la autoridad que transmiten y en la capacidad que tienen de hacer que una conversación ocurra o que una oportunidad exista.


La Leyenda dejó el día a día suficientemente resuelto como para poder ver el mapa general más allá de la firma. Ya no necesita probar que es el mejor ejecutor del equipo ni competir con sus socios más jóvenes en intensidad operativa. Llegó a un punto donde sabe que la parte legal está solucionada porque ayudó a construirla, a exigirla y a dejarla instalada en otros. Tiene equipos de primer nivel, socios fuertes, delegadores sofisticados, estrategas capaces. Y precisamente por eso puede usar su tiempo, su nombre y su energía en lugares donde el retorno institucional es mucho mayor. Se vuelve un embajador de la firma, pero no en un sentido superficial de representación social, sino en el sentido más serio del término: es quien abre puertas, quien da legitimidad, quien hace visible a la firma en espacios donde antes no estaba y quien aprovecha su posicionamiento para traer de vuelta reputación, oportunidades, relaciones y autoridad para toda la organización.


Esta etapa también tiene una relación directa con la especialización. La Leyenda no es célebre por ser generalista. Es reconocida por haberse vuelto referencia en un área, en un mercado, en un tipo de cliente o en una combinación muy específica de servicios y sectores. Su nombre se asocia con una capacidad singular. Por eso puede moverse en esferas de influencia altas: porque no es “un buen socio senior”, sino una referencia viva en algo concreto. Y cuando esa reputación se sostiene durante muchos años, con consistencia, visibilidad y resultados, el efecto deja de ser individual. Ya no solo posiciona a la persona, posiciona a la firma entera y en ocasiones incluso eleva el estándar de lo que el mercado espera en esa práctica.


Desde la perspectiva de la firma, el reto no es únicamente admirar a estas figuras, sino saber usarlas bien. Muchas organizaciones cometen el error de relegarlas al rol de figura respetada que aparece en el brochure, en la web o en una comida importante, pero sin una estrategia clara de cómo amplificar su influencia. La firma tiene que crear condiciones para que estos abogados pasen de ser originadores, delegadores y administradores exitosos, a convertirse verdaderamente en embajadores de la organización. Eso implica darles soporte institucional, equipos que respondan a la altura de la reputación que generan, espacios para actuar en esferas de influencia y un uso estratégico de su nombre y su presencia. Implica también cuidar algo muy sensible: que sus ingresos históricos, que siguen aportando mucho valor al sostenimiento de la firma, se mantengan estables y protegidos, porque no se puede esperar que un abogado de este nivel se dedique a elevar el valor institucional de la organización mientras siente que pierde control, influencia o seguridad económica.


Las firmas deben crear incentivos para que la Leyenda haga precisamente aquello que aumenta el valor institucional: fortalecer relaciones con actores clave, posicionar a la firma en sectores estratégicos, participar en conversaciones regulatorias o de política pública, estar visible en escenarios donde su presencia genera autoridad, atraer asuntos de muy alto nivel, y seguir usando su reputación para que la firma gane peso. Pero eso debe hacerse sin tratar de quitarle el control o la influencia que se ganó legítimamente a lo largo de décadas. La posición de la Leyenda no debe ser decorativa. Debe estar diseñada para producir un efecto amplificador. Si se le trata como una figura del pasado, se le desperdicia. Si se le da el soporte correcto, puede convertirse en una de las piezas más poderosas para cimentar el nombre de la firma en la historia de su mercado.


No todos los abogados tienen que llegar hasta aquí, o quieren llegar. Se puede tener una carrera extraordinaria sin la necesidad de buscar convertirse en una Leyenda. Hay socios felices en el ocaso de sus carreras ejecutando casos complejos, o administrando la firma o solo siendo una fuerza de estabilidad interna y no aspiran a una trascendencia.  Pero aquellos que buscan que su nombre no solo represente éxito relativo, sino que los trascienda más allá de su paso por este planeta deben dedicar el tiempo a construir esa aura y ese posicionamiento, no pasa por casualidad, es diseñado y ejecutado, y los beneficios de este irán mucho más allá de sus propios nombres, repercutirán en beneficios que la firma cosechará durante años aunque la figura deje de estar físicamente, porque la característica más importante de las leyendas es que estas perduran.  

 
 
 
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